Espiritualidad redimida

Por: Pablo Flores Figueroa

Introducción
Existe un grave problema en aquellos que hemos abierto nuestros ojos, por la gracia de Dios, a la Teología Reformada. Hace ya un tiempo vengo pensando sobre este tema en particular, y esto es, el desprecio por la “Espiritualidad”. Lamentablemente el crecimiento de sectores carismáticos, neo- pentecostales ha desarrollado anticuerpos con respecto a esto, aquellos que salieron de estos círculos, desechan y niegan todo lo que tenga que ver con el ámbito espiritual y la piedad. El desierto intelectual gobernado por la sola razón a llevado a muchos a tener almas secas, sin frutos, y sin amor por el prójimo. La ceguera es preocupante. No podemos perder ni olvidar la Espiritualidad, no podemos olvidar que cada estudio debe estar regado de oración y lagrimas, no podemos perder corazones ardientes y devotos por la gloria de Dios, que llevan fruto, y su fruto permanece. Si esto sucede todo estará perdido. Por esto, es necesario que Dios nos despierte de esta ilusión que solo ha tomado una parte de la verdad sin tener en cuenta que las dos deben crecer juntas y se complementan. “No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto, un fruto que perdure” (Jn. 15:16 NVI).

Vida en Santidad
La falta de piedad y de una vida en santidad, de una u otra manera es por la negligencia del creyente hacia sus deberes como hijo de Dios. La preocupación por la carne o las cosas del mundo acrecientan las pasiones de nuestros miembros, y esto desencadena en la transgresión de la ley de Dios. Un ejemplo lo podemos encontrar en Santiago, una comunidad profundamente dividida que se compone de una diversidad de grupos, algunos de los cuales resaltan por diferentes combinaciones de prácticas moralmente malsanas. La iglesia está asediada por la envidia, las rivalidades, las difamaciones, la ira, una disposición a apartarse de la enseñanza recibida y un montón de otras maldades que siguen el patrón de su cultura1(Santiago 4:1-10). La codicia, el homicidio, la envidia y las luchas, son claras muestras de un camino errado y alejado de la verdadera fe. La realidad actual no esta alejada de todo esto.
Por la gracia de Dios, en estos últimos años hemos sido despertados, como lo llamaría yo, de una ilusión mística, de la cual, se desprendía un grave rechazo al estudio diligente de las Escrituras, y se daba demasiada atención y enseñanza a interpretaciones equívocas con respecto a lo espiritual. Por lo cual, la doctrina reformada fue tomando terreno en cada uno de nosotros, llevándonos a apasionarnos por el estudio y la literatura ortodoxa. Pero al pasar del tiempo se ha dado la inclinación, o mejor dicho, el rechazo por una vida en verdadera piedad y santidad. Esto es preocupante. La piedad, de la cual están repletos los libros escritos por los llamados “Grandes Reformadores” se está pasando por alto. Y esto, a desencadenado una ola de “inquisidores ortodoxos”sin amor, secos y poco piadosos en lo que corresponde con el prójimo. El profeta Ezequiel nos tiene algo que decir: “Y vienen a ti como viene el pueblo, y se sientan delante de ti como pueblo mío, oyen tus palabras y no las hacen sino que siguen los deseos sensuales expresados por su boca, y sus corazones andan tras sus ganancias. Y he aquí, tú eres para ellos como la canción de amor de uno que tiene una voz hermosa y toca bien un instrumento; oyen tus palabras, pero no las ponen en práctica” (Ezequiel 33:31-32).

Podemos leer una cantidad inmensa de literatura cristiana ortodoxa, y no es malo, al contrario, pero la diferencia estará siempre en la praxis, una vida que se conforme a la Teología que se profesa. Por esto, es muy cierto lo que dice el puritano William Ames: “La Teología es la doctrina o enseñanza del vivir para Dios”2. En la actualidad hay una generación de personas que dicen ser cristianas y que parece que no saben lo que es preocuparse por sus prójimos y que están totalmente absorbidas por sus preocupaciones fundamentales, es decir, las suyas y las de su familia. Comen, beben, duermen, visten, trabajan, ganan dinero y lo gastan año tras año; y si los demás son felices o desgraciados, si están sanos o enfermos, si son conversos o inconversos, si viajan hacia el cielo o hacia el infierno, parece que son cuestiones que les dejan completamente indiferentes. ¿Puede esto estar bien? ¿Es posible que sea coherente con la religión de Aquel que contó la parábola del buen samaritano y nos mandó que fuéramos e hiciéremos los mismo (Luc. 10:37)? Lo dudo totalmente3. Ésta es una clara radiografía del movimiento reformado actual (o que intenta ser) que se desencadena en redes sociales. Yo me pregunto ¿Como leen a Calvino? ¿Como no identifican los ríos de piedad en los escritos de los Puritanos? ¿Como no ven en las Escrituras la orden a obedecer? En esto, debo ser sincero, soy uno que ha despertado de este viaje en el camino desértico e individualista del la “Sola Razón”, y por esto, escribo con la intención de demostrar que una vida en santidad y piedad son las claras pruebas de un verdadero hijo del Santo Dios Trino, y que éstas marcas, se ven claramente en aquellos autores de los cuales muchos leen.

Juan Calvino y la Piedad
El reformador Juan Calvino junto con Martín Lutero, han sido hombres importantes hasta nuestros días, dentro de los ámbitos Eclesiales y Sociales. Sus pensamientos siguen provocando desencanto, como también una gran ayuda y dirección en lo teológico. Pero, lamentablemente el desarrollo doctrinal en estos últimos años, más el despertar a la Reforma Protestante, ha llevado a muchos a tomar solo una parte de las enseñanzas del reformador. No podemos negar la torre teológica construida por él, pero ésta tenía un propósito bien definido, que era la responsabilidad en el evangelio para con las necesidades de los demás. La piedad es algo desconocido para esta generación, pero lo que llama la atención, es que no vean lo claro de la espiritualidad que inunda cada escrito de Calvino. El reformador escribe:

“No es lícito que, con el pretexto de que Dios nos ha elegido desde antes de la fundación del mundo, nos entreguemos a toda disolución, como si diera igual abandonarnos al mal, por cuanto no podemos perecer cuando Dios nos ha retenido por suyos. Porque no hay que separar lo que él ha conjuntado y unido. Por tanto, puesto que nos ha elegido para ser santos y marchar en pureza de vida, es necesario que la elección sea como una raíz que dé buenos frutos”4

Para Calvino, comprensión teológica y piedad práctica, verdad y utilidad, son inseparables. La teología, en primer lugar, trata de conocimiento de Dios y de nosotros mismos, pero no hay verdadero conocimiento donde no hay verdadera piedad5. Por esto es incomprensible la actitud de muchos llamados “calvinistas” que desprecian la piedad, la cual incluye actitudes y acciones dirigidas a la adoración y servicio de Dios.

Para Calvino la piedad incluye una multitud de temas relacionados, como la piedad filial en las relaciones humanas y el respeto y amor por la imagen de Dios en los seres humanos. La piedad designa la actitud correcta del hombre hacia Dios. Esta actitud incluye conocimiento verdadero, adoración sincera, fe salvífica, temor filial, sumisión devota y amor reverencial6. Calvino escribe:

“Porque el evangelio no es una doctrina de palabras, sino de vida. No debe tan solo ser entendido y memorizado, como las demás disciplinas, sino que debe poseer completamente el alma y estar presente en lo más profundo del corazón: si no, no es bien recibido”7

“Porque él (S. Pablo) muestra que la elección de Dios, aunque sea gratuita, y abata y reduzca a la nada toda dignidad de los hombres, y todas sus obras, y sus virtudes, sin embargo ella no es para darnos licencia para obrar mal, y para llevar una vida confusa y entregarnos al abandono, sino más bien que es para apartarnos del mal en el que estábamos hundidos”8

Claramente para Calvino el conocimiento intelectual va unido a una verdadera piedad, una vida en santidad. Nuestra espiritualidad no debe menguar, somos llamados a glorificar a Dios con todo nuestro ser, es aquí donde debemos entender que lo uno y lo otro se complementan y crecen juntos, sino el equilibrio se perderá. Una vida piadosa esta llena de oración, arrepentimiento, abnegación, llevar la cruz y obediencia Una de ellas, la oración, muestra la gracia de Dios al creyente cuando el creyente ofrece alabanzas a Dios y pide su fidelidad. Comunica piedad tanto privada como colectivamente9 Como vemos, la vida del reformador no solo estaba llena de teología, sino de un constante llamado a la vida práctica del evangelio. En cada uno de su libros él nos enseña que la teología se debe vivir, que ésta es principalmente para glorificar a Dios con todo nuestro ser… “Lo que debemos siempre retener es que si Dios nos ha elegido, esto ha sido para llamarnos a santidad de vida”10

Thomas Watson, santificación
Thomas Watson fue uno de los más concisos, animados, ilustrativos y sugestivos de aquellos eminentes teólogos que hicieron de la era puritana el periodo más excelente de la literatura evangélica. A través de todas sus obras podemos ver una feliz unidad entre la sana doctrina, el examen de conciencia y la sabiduría práctica11. Por esto, sus escritos nos son de gran ayuda en el presente para el examen propio de nuestra vida como creyente, he aquí lo que Watson entiende por santificación.

“Santificar significa consagrar y apartar para un uso santo; así, una persona santificada es aquella separada del mundo y apartada para el servicio a Dios. La santificación tiene un lado privativo y otro afirmativo”. Como vemos para el existen dos lados, uno privativo que consiste en la purificación del pecado, y uno afirmativo, que es la refinación espiritual del alma. Con respecto al primero, Watson dice que “el pecado se compara con la levadura, que agria, y con la lepra, que hace impura a la persona. La santificación nos limpia de la vieja levadura (1 Corintios 5:7). Aunque no nos libra de la existencia del pecado, si lo hace del amor al mismo”. Y cuando habla de afirmativo dice, que “esto es lo que se llama en la Escritura la renovación de nuestro entendimiento (Rom. 12:2) y ser hechos participantes de la naturaleza divina (2 Pedro 1:4)”. Para él la santificación es un principio de gracia obrando de manera salvadora, según el cual el corazón se vuelve santo y es modelado conforme al propio corazón de Dios. Una persona santificada no solo lleva el nombre de Dios, sino también su imagen12. Claramente no podemos negar lo que se desprende de todo esto, que hemos sidos llamados para santificación. Nos llamó a su gloria y excelencia (2 Pedro 1:3); a la excelencia además de la gloria. No nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación (1 Tim. 4:79); no hemos sido llamados al pecado: podemos tener tentación pero no una vocación al mismo. No somos llamados a ser orgullosos, o impuros, pero si a ser santos13. Un vivo deseo de agradar al Santo Dios se desprende de un corazón que ha visto Su gloria en Cristo. Este se deleita en él como el sumo y absoluto bien para su vida, comprendiendo que fuera de él no encontrará nada más que oscuridad. Por esto, la búsqueda de santidad y una vida en piedad, no son si no el resultado de un corazón que ha sido regenerado, de una oveja que ha sido redimida, y ésta sabe oír la voz de su Señor (Juan 10:27).

Lo principal que debería buscar el cristiano es la santificación. Esta es el unum necessarium, la única cosa necesaria (cf. Lc. 10:42). La santificación es nuestra complexión más pura: nos hace como el cielo, salpicado de estrellas; es nuestra nobleza, mediante la cual nacemos de Dios y participamos de la naturaleza divina; es nuestra riqueza y, por tanto, sobre todas las cosas, persigue la santificación. Busca la virtud más que el oro, guárdala, porque ella es tu vida (Pr. 4:13)14. Watson nos lleva a una verdad tremenda para nuestras vidas como cristianos profesantes, la necesidad de buscar más que nunca la santificación. Watson, siendo un gran teólogo puritano, jamás separó la razón de la praxis, ni excluyó la espiritualidad que se desarrolla en un verdadero cristiano.

Calvino como Watson fueron hombre llenos de teología, pero no solo eso, sus vidas eran conforme a lo que cada uno de ellos enseñaba. La piedad, la santidad y una vida espiritual sana eran los distintivos de estos hombres y muchos más dentro de la historia de la iglesia. No nos dejemos engañar, primeramente por nuestros propios razonamientos teológicos (1 Tim. 4:16), debemos tener cuidado en esto. Como de las influencias externas de falsas filosofías que nos llevan a abandonar la piedad (1 Tim. 4:7). Ante todo esto la oración es muy importante. Ora por tu santificación, como el salmista pide: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Sal. 51:10). Pon tu corazón delante del Señor y di: Señor, mi corazón sin santificar contamina todo lo que toca. No soy apto para vivir con semejante corazón, porque no puedo honrarte; ni para morir con él, ya que no podré verte. ¡Crea en mí un nuevo corazón! Señor, consagra mi corazón y hazlo tu templo, para que en él se canten tus alabanzas eternamente15.

Para los que hemos salido del lado carismático un consejo: no perdamos el deseo ardiente por santificar nuestras vidas al Señor, ni tampoco desechemos tener una espiritualidad que demanda todos nuestros afectos. Dios en su gracia nos ha salvado completos para Su gloria. No decaigas en la oración, esfuérzate, y ten intimidad con nuestro Señor, él oye a sus hijos.

Para terminar quiero dejar las sabias palabras del Rev. J. C. Ryle: “Guardate de las malas imitaciones de la religión. Sé genuino. Sé riguroso. Sé autentico. Sé verdadero”

Dios nos ilumine, y lleve a tener vidas consagradas para Su gloria. Soli Deo Gloria.

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Autor
Pablo Flores Figueroa

Casado con Norma Tobar Tapia, Padres de tres niñas: Javier al, Francisca y Catalina. Estudiante de primer año del Seminario teologico Presbiteriano Jose Manuel Ibáñez Guzmán

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